
En nuestro país, aproximadamente una de cada cinco personas, presentará un trastorno mental a lo largo de su vida, siendo los más frecuentes la ansiedad, los trastornos del estado de ánimo y el abuso de alcohol. Podemos decir que la salud mental se ha convertido en una de las principales causas de malestar en nuestras vidas.
Hoy en día, existe numerosa evidencia que apunta a que la ansiedad y la depresión tienen una relación muy estrecha a nivel físico con la inflamación crónica. Sabemos que ante el estrés psicológico, nuestro cuerpo activa respuestas defensivas que incluyen entre otros al sistema inmunitario y al sistema endocrino, siendo la inflamación el factor común en el proceso.
Ante esta situación el uso de psicofármacos no siempre resulta efectivo y en multitud de ocasiones es una estrategia que resulta limitada. Esta realidad ha impulsado desde hace décadas, la búsqueda de nuevas estrategias, enfoques y alternativas basadas en la evidencia, siendo las psicoterapias de tercera generación, como el mindfulness, la ACT (terapia de aceptación y compromiso) o la TDC (terapia dialéctica conductual) uno de los recursos que cuentan con mayor evidencia científica y estudios a favor en el momento actual.
Existe una muy amplia investigación actual acerca del impacto positivo de estas psicoterapias en el cuerpo humano. Entre otros efectos beneficiosos se ha demostrado que disminuyen el cortisol (la hormona del estrés) y la inflamación, que protegen del envejecimiento celular y que mejoran la calidad de vida y el funcionamiento cerebral en diversas circunstancias.
Resulta pues evidente ya en el siglo XXI, que la separación artificial entre “mente” y “cuerpo” no tiene cabida en nuestro conocimiento actual. Así podemos afirmar que cultivar y cuidar de nuestra “salud mental” es al mismo tiempo cultivar y cuidar nuestra “salud física”.
Nicolás Baños Godoy
Psiquiatra
